miércoles, 7 de julio de 2021

HAMPARTESANÍA

HAMPARTESANÍA

El arte de vender intangibles


   Hace poco he leído una noticia que, como poco, es inquietante. Al parecer un artista italiano ha conseguido vender una escultura invisible, etérea, simple aire conceptual y por un buen “pico”, pero como se trata del sector del arte la verdad es que no me llegó a sorprender demasiado, pese a ser un hecho demencial. Todos somos conocedores de las extravagancias que inundan este sector. Gente que para “echarse” unas risas cuelga cualquier objeto, por ridículo que sea, en las paredes de ferias de arte moderno y que los visitantes confunden con una “obra de arte”, extintores colocados estratégicamente siguiendo los planes anti incendios que son estudiados con detenimiento por desorientados “gafapastas” que no llevan el tríptico guía de la exposición consigo o individuos dudando en el Pompidou de París si tirar o no el el envoltorio del helado a esa papelera llena de residuos por miedo a meter más basura en una “obra de arte”, y confieso, esto me pasó a mí, pero no solo eso, provinciano hasta la médula y deambulando por dicho museo confundí la sección de arte moderno con una zona cedida a un colegio para que pudiesen mostrar los dibujos de sus alumnos de preescolar.

    Hasta tal punto está llegando la desvergüenza que un Doctor en Bellas Artes, Antonio García Villarán (en adelante A.G.V) acuñó un término para hacer referencia a esta modalidad de “insultos” a la inteligencia humana, EL HAMPARTE. En Su web y en su canal de Youtube explica con claridad cristalina qué es hamparte y porqué ha creado este término para definir la actividad que desarrollan los “sinvergüenzas” que están colonizando el mundo del Arte. La construcción es brillante y sencilla, ha unido dos palabras, por un lado “Hampa” que según nuestra RAE significa: “Conjunto de los maleantes, especialmente de los organizados en bandas y con normas de conducta particulares” y por otro lado “Arte”, cuyo variado significado, según la academia, es: 1. Capacidad, habilidad para hacer algo. 2. Manifestación de la actividad humana mediante la cual se interpreta lo real o se plasma lo imaginado con recursos plásticos, lingüísticos o sonoros. 3. Conjunto de preceptos y reglas necesarios para hacer algo... y así una extensa lista creada para que ningún hampartista se sienta excluido. Así que como en este mundo moderno los más miserables lo prostituyen todo, hasta el idioma y a los responsables de su custodia, debo acudir a definiciones más generales, como la que aporta Manuel Alberto Restrepo Medina en la revista Saberes, que dice: “El arte, en la concepción clásica, es un sistema de reglas extraídas de la experiencia, pero pensadas después lógicamente, que nos enseñan la manera de realizar una acción tendente a su perfeccionamiento y repetible a voluntad, acción que no forma parte ni de la naturaleza ni del azar. Es un hábito o virtud intelectual que se aprende a través de la ejercitación en los casos, de la imitación de los ejemplos y del estudio de la doctrina a través de la disciplina enseñada por los maestros.”

  Así que sumando uno más uno, ya tenemos definido a la perfección el Hamparte como la organización de maleantes que, en camarilla y con un patrón de conducta social similar, parasitan el mundo del arte eliminando toda serie de normas, reglas o lógica creativa para intercambiar la necesidad de práctica, estudio, comprensión y disciplina, por un despliegue de vulgaridad, arbitrariedad, descontrol, ignorancia y desprecio por el conocimiento atesorado por los “maestros” que se adapta mejor a su falta de rigor y su notoria escasez de talento.

    Nadie duda de si es arte cuando contempla los Sfumatos de Lenonardo, los frescos de Miguel Ángel, los velos pétreos de Giovanni Strazza, la morbidez de la carne magistralmente representada en mármol por Bernini... y sin ir tan lejos en el tiempo, las perfectamente esculpidas almohadas de Anton Fagerås, los retratos a espátula de Francoise Nielly … hay un sin fin de verdaderos artistas contemporáneos que aúnan técnica, creatividad y que son capaces de ser emotivos con sus obras. No solo maravillar si no también emocionar con la mera contemplación de las mismas. Y es en esta virtud del verdadero arte, la de emocionar, donde los hampartistas han encontrado la grieta por la que colarse y colonizar lo artístico como cucarachas que se infiltran en un hermoso escaparate repleto de inmaculado fondant, para llenarlo todo de excreciones y muchas más cucarachas.

    Desde que en el siglo XVIII los Borbones decidiesen meternos a las bravas la Ilustración europea , sin nosotros pedirlo ni necesitarlo, todo sea dicho, llegaron a España desde el Norte por vía transpirenaica ideas modernistas que pretendían llenarlo todo de pensamiento crítico y racional, un auge reformador que traía ya algún virus de la viruela consigo, como por ejemplo el de la “Estética”.... Estética, proviene del griego (Aisthesis) que significa “sentido, sensación”. Aplicada al arte, la estética podría decirse, que no es más que la supresión de la objetividad en la interpretación o valoración de una obra, reduciendo este ejercicio, antes racionalizado, a una mera apreciación psicológica basada en la experiencia del individuo, obviando los hechos reales y convirtiéndola en un acto subjetivo, personal y hoy en día, ante todo, emocional. Pero este culto a los sentimientos y a lo emotivo no es solo campo del arte. Nada es más universal en el ser humano que las emociones: amor, alegría, tristeza, rabia, aburrimiento, confusión, enfado, envidia... todos tenemos y todos sentimos, nos conectan, nos hacen empatizar y tienden a universalizar la respuesta de las personas ante algunos estímulos, sobre todo cuando desde los medios de comunicación de masas nos dicen: cuando llorar , qué admirar, ante qué horrorizarnos, a qué temer, a presuponer que todo aquello que suponga un esfuerzo intelectual es aburrido, que la ignorancia reconocida públicamente es admirable, que la nostalgia ya no hace referencia a lo perdido si no a lo que nunca llegará, que la vergüenza es solo un mito, que triunfo es hacer de la opinión una verdad, que la apreciación estética sale del pecho y no de la razón...

    Este adoctrinamiento sentimental y homogeneidad emocional no es casual, hace mucho que se sabe que es más fácil manipular desde el sentir que desde el razonar y los hampartistas son conscientes de ello. Desde el primer momento vieron claro que si conseguían que se valorasen sus obras desde los sentimientos, automáticamente todo el mundo podría saber de arte y en cualquier momento plantarse delante de un lienzo en blanco y regurgitar todo tipo de valoraciones y sensaciones ya programadas de antemano. También tuvieron claro, que tan universales son las emociones programadas en el Homo Sapiens como lo es la estupidez, así que algunos empezaron a hacer hamparte ejercitando lo excéntrico, salpicando pintura de forma aleatoria, cambiando las esculturas por objetos cotidianos, mostrando imágenes reproducidas en bucle, o directamente contratando a otros aspirantes a hampartistas para que vomitasen hamparte por ellos... literalmente empezaron a descojonarse del mundo porque sabían que su mierda se iba a valorar desde el sentimiento de grupo, las emociones estaban condicionadas, eran predecibles y las respuestas siempre homogéneas. Al fin y al cabo ¿quién no querría ser moderno?

    Pero yendo al tema que dio pie a este “rollo”, la ARTESANÍA, he encontrado una definición bastante interesante, que se aleja bastante de los modernos relatos hampartistas y que dice: Se considera artesanía a toda actividad de creación, producción y transformación de bienes artísticos y de consumo no alimentarios. Esta actividad deberá ser realizada mediante un proceso en la que la intervención personal constituya un factor decisivo, supervisando y controlando la totalidad del proceso de producción, obteniendo como resultado final un producto individualizado, no susceptible de producción industrial totalmente mecanizada o en grandes series, siendo imprescindible que la actividad desarrollada tenga un carácter fundamentalmente manual y garantice la transformación de la materia prima (Reglamento de Fiscalización para Ferias Artesanales de la ciudad de Rosario).

   Durante mucho tiempo artesanía y arte eran lo mismo, mismo origen etimológico y técnico. Ambas consistían en transformar materiales base en objetos funcionales, ornamentales, educativos... la artesanía, derivó hacia los objetos cotidianos, primando la funcionalidad , manteniendo y desarrollando la técnica y jugando con la ornamentación según tocase. Se configuró como una actividad económica básica en la que se requería tanto de un proceso formativo como valiosos conocimientos para su desempeño. Había aprendices, oficiales, maestros... se empezaba desde lo más básico y se iban atesorando conocimientos y habilidades hasta llegar a maestro. La maestría no era una cumbre asequible a todos, había que valer y cuando las cosas pintaban mal, por desgracia para el gremio, también se debía conocer o nacer, como los artesanos de cuna, pero básicamente uno no llegaba a maestro sin una prueba de maestría juzgada por verdaderos Maestros.

    Pero estos orígenes comunes también conllevan males comunes, y tal y como entró en el mundo del arte la decadencia y la mediocridad de la mano de los hampartistas , igualmente entró en la artesanía de la mano de los HAMPARTESANOS. Que al igual que sus colegas del mundo del arte solo venían respaldados por argumentos etéreos, a la busca de dinero fácil, sin vergüenza, sin escrúpulos y sin rastro de respeto por lo artesanal.

    Creo que fue a finales de los 80, la verdad es que no me apetece buscarlo en Google, cuando la artesanía estaba prácticamente desierta, subsistía aquella a la que menos le había afectado la industrialización. El resto, con los antiguos maestros ya muertos o retirados, se hallaba inmersa en el olvido colectivo y solo se conservaba en la memoria de los descendientes que habían podido estudiar y migrar a las urbes gracias a los ingresos de los talleres. Aquella vida que permanecía en el recuerdo de los que debían ser el relevo generacional, no era cómoda vista desde el prisma de la modernidad, por lo que la huída fue debidamente justificada. Nunca fuimos país de grandes remilgos a la hora de conservar lo cotidiano, la tradición se trasmitía mayormente de forma oral y por escrito quedó alguna nota pendiente de pago y poco más. Gente práctica y concisa que conservaba la técnica mediante su uso y no a través de la tinta, al fin a y al cabo, los que debían recoger el testigo jugueteaban alegres por los pueblos, ya llegaría su momento. Pero lo que llegó fue la industria y hubo que recortar gastos, abaratar procesos, producir objetos más austeros. Y aún así, la automatización y la fabricación en masa se lo comió todo. Los que debían recoger el testigo cambiaron el martillo, la gubia, el cincel, la lima... por el billete de metro, el reloj de pulsera, la comida precocinada, un utilitario alemán y el nihilismo más absurdo. Casi todo se perdió, la memoria es el músculo que más degenera si no se usa a diario y los antiguos maestros, entre el anhelo de una vida útil y la frustración por tanto esfuerzo mal recompensado, prefirieron optar por el silencio, reservar de forma egoísta el sonido de la herramienta para sus recuerdos y dejarse llevar por el mundo moderno.

    Y ya estábamos en Europa y la industria que hizo mala la artesanía, ya no era buena. De pronto nos encontramos con un país vacío de contenido, pero con mucha fiesta. Y la limosna europea empezó a llegar, entraba “panoja” a sacos, pero no sabíamos bien en qué gastarla. Los ricos del norte invertían en cosas muy raras, al no tener ni sol, ni playa, ni el mayor ejército de albañiles del mundo, tenían que ingeniárselas para mover la “pasta”. Y aquí entra en juego un político, un héroe anónimo recién electo, motivado, gobernando a porta gayola y que ahora mismo me estoy imaginando como un clon del gerente del Bar Reinols. Ese señor, curioseando, descubrió que en Europa había ayudas para la artesanía, y coño!!! que le sonaba que nosotros también teníamos de eso. Así que se puso a investigar un poco el tema y descubrió que algo quedaba, pero que casi todo se lo había comido la industria, esa misma que se acaba de zampar Europa. Pero la situación, aún al límite, se prestaba para intentar una jugada. Teníamos zonas geográficas con artesanías típicas, áreas rurales envejecidas y muy despobladas, atesorábamos muchos “hippies”, bastantes vagabundos con la billetera llena y montones de desempleados. Mauricio decidió pedir los “leuros” e ir viendo...

   El dinero llegó y Mauricio lo repartió a partes iguales. Una parte para putas y centollos, otra para pistas de zahorra y una tercera para la artesanía... carteles incluidos. El plan se puso en marcha, y en todos aquellos lugares en los que los Mauricios locales pensaban que podría haber o haber habido artesanos o porque el entorno lo pedía a gritos se implementaron las ayudas. La estrategia consistía en buscar gente que supiese o hubiese sabido algo de la artesanía que tocaba en cada lugar. Con las zonas tradicionales lo tenían fácil, se monta un aula taller, se contrata al profesor, mejor si es primo, se compra la herramienta, preferiblemente sin factura, que el cuñado va en B, los uniformes a juego con los carteles, en la copistería de la esposa del concejal de fiestas, para que se esmere cuando venga el Consejero y el ejército de albañiles que estaban en la reserva, movilizados para rehabilitar casas vacías que den hogar a estos nuevos representantes de la moderna artesanía nacional. Y así en poco tiempo una horda de artesanos 2.0 recién reciclados mediante curso consistorial, se lanzaron a recuperar la perdida artesanía sin saber muy bien qué era eso y en qué consistía... Pero como entre pillos andaba el juego, todos eran conscientes de que el asunto versaba sobre cómo captar las subvenciones anuales, cómo justificarlas sin utilizarlas para su fin original y cómo tener preparada la actuación, para que cuando el político o el turista llegasen al taller, la teatralidad de la artesanía consistorial maravillase, a partes iguales, con su autenticidad, tradición y buen hacer. Otro asunto, pero menor, era el tema del producto, como el “jan mei” era difícil, ya que requería esfuerzo, trabajo y sobre todo conocimientos que no tenían, algunos visionarios que disponían de algo de capital, montaron empresas de utillaje, verdaderos puertos a los que acudir para escapar de la tormenta huracanada que suponía la artesanía real y que facilitaban mucho el día a día del artesano moderno. Solo había que encargar las piezas en estos supermercados de lo “hecho a mano”, montarlas en los “obradoiros” y venderlas como la más pura y exclusiva artesanía típica y tradicional. Todo estaba o parecía estar atado, era un bucle perfecto y normalizado, pero un continente que nunca tendrá contenido carece de sentido, y la nueva artesanía siguió degenerando hasta entrar en la categoría de “souvenir” involucionando progresivamente hasta ganarse el adjetivo, barato. Hasta tal punto se desterró la calidad, que las miserias de la más paupérrima fabricación industrial en masa pasaron a venderse como “ marcas y señales” de lo “hecho a mano”, como la prueba de lo artesanal.

    Ya entrado el año 2000 y con todas las computadoras funcionando, el fenómeno DIY empezó a propagarse a través de las nuevas autopistas de la comunicación que brindaba la WWW. Si sabías hacer “slalom” entre las florecientes paginas web de la era dorada del porno, era relativamente fácil asistir al desarrollo de este movimiento del “hazlo tu mismo”. Al principio, con la inocencia de lo juvenil, el tema consistía en montar muebles que venían en piezas, estirar masas para hacer pizzas en el horno de casa, amueblar jardines, modificar el coche... pero poco a poco la cosa empezó a complicarse. El DIY se puso de moda en un momento propicio para su éxito, había excedente de gente muy formada, con eones de tiempo libre debido a la escasez de puestos de trabajo y con la intuición de que los apéndices que adornaban el extremo de sus manos servían para algo más que para sujetar el “boli”, asir la Master Card o actualizar la cartilla del paro. Todos estos rebeldes de garaje, acostumbrados a informarse leyendo, con criterio para discernir entre lo real y lo ficticio y con una media de cinco dedos por mano, apenas con uso, decidieron que las herramientas que tenían para sus proyectos de modelismo podrían servir para algo de más enjundia. Empezaron a manufacturar sillas, mecedoras, lámparas, bicicletas, cuchillos, verjas, barandillas, pérgolas, bolígrafos, velas, jabones... Poco a poco, mediante la difusión de sus aficiones y creaciones en foros cada vez más especializados, el continente si empezó a tener contenido. Los nuevos creadores empezaron a organizarse en gremios digitales, y los foros se usaban a discreción para verter en ellos Gigabytes de conocimiento. Cada usuario explicaba su método, de esa publicación otros aprendían, perfeccionaban el proceso y actualizaban la técnica, y así todos crecían, los objetos aumentaban su complejidad y mejoraban sus acabados, la información disponible sobre los temas más populares crecía de forma exponencial y empezaron a aparecer verdaderos maestros autodidactas en sus respectivos campos. Algunos vieron la posibilidad de convertir esa afición en un trabajo, y en sótanos privados empezaron a florecer negocios, microempresas económicamente autosostenibles, que se dedicaban a ocupar un nicho vacío, el del producto exclusivo y de calidad. Sin saberlo, o sin darle mucha importancia, todos estos “frikis” se habían convertido en ARTESANOS, pero de los de verdad, titanes del autoempleo y amantes de su oficio, que atesorando técnica y talento recuperaron, a base de incansables búsquedas en la red y en libros técnicos, profesiones que se creían olvidadas y que ahora volvían a estar vivas gracias al método heurístico del ensayo y error.

   Mientras tanto los Mauricios seguían calentando sillón sin percatarse de nada, soltando dinero a espuertas a los 2.0, obviando totalmente a los nietos y bisnietos del DIY. Pero los “artesanos” sí empezaban a notar algo, al principio era como un rumor, un leve murmullo que causaba un extraño desasosiego como el que provoca la incomprensión. Podría haber sido una sensación similar a la que percibieron los dinosaurios momentos antes de la caída del meteorito, pero desgraciadamente, la estulticia más castiza hizo de red. Y lo que debió saldarse como un mero evento evolutivo similar a la extinción masiva del Neandertal frente al Cromañon, se convirtió en una coexistencia forzosa, en la que unos se beneficiaron de los otros, pero los otros no se favorecieron de los unos. Como decía Facundo Cabral "Le tengo miedo a los idiotas, porque son muchos y pueden elegir a un presidente." y por tanto también pueden dictar las reglas del juego aunque estas vayan en contra de toda moral o ciencia.

    A pesar de que esta colisión entre el sector “montador” y el sector “creador” apenas causó bajas, la resistencia al cambio de los primeros fue quizás mayor que el aguante de los segundos ante la perversión del camino fácil. Y más segundos cedieron al vagabundeo por las fábricas que primeros al hechizo de los libros y la técnica. El sector artesanal quedó conformado por muchos tipos de artesanía, ocupando sus extremos la baratija turística y el pedido personalizado, como némesis que son lo industrial y lo hecho a mano. Y entre ambos, multitud de calidades que se desviaban hacia un lado u otro del mercado según los escrúpulos de cada gerente de taller.

    La economía no iba del todo mal y el poder adquisitivo de muchos permitía ciertas licencias, por lo que el mercado funcionaba relativamente bien. Se movía material sin mucho problema, los 2.0 vendían mucho volumen de artesanía industrial a precios de todo a cien y los artesanos del DIY podían negociar producto hecho a mano y de calidad a precios que rápidamente captaron una gran atención. Estos interesados no fueron otros que los fundadores de la hampartesanía, y del gremio de hampartesanos, una especie de fusión entre el vacío técnico de unos y la cotización de las obras de los otros. Y como la fórmula ya estaba inventada y probada en el mundo del arte, la cosa fluyó rápida y sin muchas incidencias. Empezaron a aparecer hampartesanos rodeados de auras de misticismo, “colegueo” y buen rollo. Con interpretaciones originales del mundo, de la termodinámica, de la metalurgia... Amparados en las redes sociales, como modernos mesías tatuados, se dedicaron a difundir su mensaje y las piezas de artesanía comenzaron a tener alma, a estar imbuídas por partes intangibles del autor, a portar sentimientos y hasta voluntad propia. NO había nada etéreo que no sirviese para agregar “valor” a la pieza y que así subiese su cotización. La base teórica y técnica brillaba por su ausencia, pero eso daba igual, con discurso vacío y estética de “Forged in Fire” no había lego que se les resistiese. Y así apareció la casta más dañina. Cierto es que los 2,0 carecían de contenido, pero se mantenían en su sector de calidad y precio respetando el orden lógico del las cosas, cediendo prestigio a cambio de subvención, pero esta nueva especie era mortal de necesidad. Artesanía barata, sin técnica ni fundamento, disfrazada de gama alta. El ataque a la maestría no tuvo parangón y de pronto vimos como la “nada” tatuada, cotizaba lo mismo que la experiencia y la técnica más depurada. El mundo del hamparte vertió una metástasis y el cáncer que surgió de ella fue la hampartesanía. Artesanía en estado terminal, por la desvergüenza de células tumorales con forma de gurús especializados en la venta de humo, replicándose por miles como un proceso cancerígeno, sin control ni regla, sin formación ni técnica, alimentados por la inmediatez de las redes sociales y su capacidad de otorgar veracidad a lo falso, a lo solamente aparente. Y así a base de “likes” y corazones conmovidos por variopintas historias de superación personal, el mundo empezó a confundir a los artesanos con los miembros de la hampartesanía, la separación entre ambos, aunque abismal en la práctica parecía nimia en el mundo digital, y la tormenta de publicaciones que daban respaldo a estos oportunistas, iban haciendo curriculum. Y llegó la pandemia y los rescoldos de realidad que aun ardían aportando luz sobre toda esa mentira digital, se apagaron debido al confinamiento y al progreso de la vida virtual. Se suspendieron las ferias, eventos que actuaban como verdaderos jueces de lo real, impartiendo justicia sobre le trabajo de unos y otros, ya nada podría poner en entredicho la farsa del trabajo hampartesano, sin el peso que suponía el agravio comparativo ejecutado por el visitante de muestra internacional en virtud del mérito de unos y demérito de los otros, había vía libre para estirar el chicle hasta que rompiese.



    ¿Y entonces cómo distinguir artesanía de hampartesanía? A.G.V. para evitar confusiones entre arte y “hamparte”, creó una guía para poder diferenciar ambas y estas reglas se pueden traducir para ser utilizadas en el campo que nos interesa, la artesanía. Como no me parece correcto modificarlos voy a transcribirlos tal cual los redactó A.G.V. y deberá ser el lector el que, a modo de juego, haga el esfuerzo de retorcerlos para buscar su aplicación al campo de la artesanía.



MANIFIESTO HAMPARTE

DEFINICIÓN


1.- Si uno o varios objetos fabricados en serie y que además están a la venta en el mercado común son presentados como obra de arte es Hamparte.


2.- Si la obra consiste simplemente en la elección de un objeto (objet trouvé, found art o ready-made) que es convertido mágicamente en obra de arte por el hecho de colocarlo en un espacio expositivo cualquiera es Hamparte. 


3.- Si no es necesario tener talento para realizar una obra como la que se muestra, si está llena de lugares comunes e ideas manidas es Hamparte.


4.- Si el único valor que tiene la obra está sustentado fundamentalmente por un concienzudo texto teórico/filosófico/político que no encuentra su reflejo real en la obra es Hamparte.


5.- La fantástica y mágica atribución de valores inexistentes a objetos que son comercializados en el mercado del arte con precios exorbitantes es Hamparte. 


6.- Un artista nunca se gana el derecho de ser artista. Tiene que demostrarlo continuamente. Aunque haya hecho una gran obra de arte, esto no significa que todo lo que haga sea arte. Puede hacer Hamparte consciente o inconscientemente. Si lo hace inconscientemente, será un hampartista puro. Si lo hace de manera consciente para evidenciar y denunciar lo que está ocurriendo en el mercado y en el mundo del arte, o bien por el simple placer de hacerlo; es un hampartista realista. Pero todas las obras que se creen bajo estos términos serán Hamparte.


7.- En definitiva, el arte de no tener talento es Hamparte.






A.Castro

Artesano Cuchillero.








Lo único que realmente cuenta es la calidad del trabajo, porque la calidad es VERDAD.





5 comentarios:

  1. Muy buen artículo A.Castro.
    La verdad se corrompe tanto con la mentira como con el silencio..

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  2. Interesante artículo, se nota que llevas la profesión de verdad.
    Enhorabuena

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  3. Me ha gustado lo escrito. Defines de manera clara lo que muchos pensamos.Genial lo de hamparte, me lo guardo.
    Un saludo.

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